El Prado

Ocupa ciento seis hectáreas que atraviesa el arroyo Miguelete. Fue abierto al público en 1873. Evoca con su nombre al conocido paseo madrileño. Está en un barrio tradicionalmente asociado a la rica aristocracia ganadera del siglo XIX: las familias acomodadas construían en el Prado lujosas quintas para instalarse en los veranos y hacer vida social. Algunas residencias sobrevivientes muestran sus caprichosas arquitecturas, recicladas como embajadas, sedes empresariales, museos o instituciones públicas.

En la esquina de Suárez y Reyes, a espaldas del Jardín Botánico, está la Residencia Presidencial, punto neurálgico del protocolo y la política del país.

Otra quinta importante alberga el museo Juan Manuel Blanes, en la Avenida Millán al 4000, donde cruza el arroyo Miguelete. El gobierno del Japón regaló al pueblo uruguayo un jardín japonés que fue instalado en la parte trasera del museo.

Antes de que existieran puentes, el cruce principal del arroyo era por el Paso del Molino, hoy un importante centro comercial. Hace cien años el Paso del Molino tenía un prestigio similar al que actualmente se asocia con Punta del Este.

En 1912 el paisajista francés Charles Racine creó en un rincón del Prado el Rosedal, con decenas de especies que trepan por pérgolas y estructuras enrejadas. De la misma época es el predio de exposiciones de la Asociación Rural del Uruguay, obra del catalán Cayetano Buigas i Monravá, de grandes ornamentos, robustas decoraciones en ladrillo y amplios ventanales.

También vale una visita el Jardín Botánico Atilio Lombardo, en la calle 19 de Abril, para muchos, la calle más bonita de la ciudad. En trece hectáreas prosperan plantas y árboles nativos, pero también de Asia, América del Norte, Europa y África, totalizando más de mil especies.

 

 

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